Eliana dejó de recoger los papeles. Lo miró con una mezcla de pavor y un leve destello de orgullo herido. “Sí, señor”, susurró. Explicó que lo hacía a escondidas porque temía que pensaran que descuidaba su trabajo, y necesitaba desesperadamente ese empleo. Miguel se acercó, recogió uno de los cuadernos y se quedó atónito. La caligrafía era impecable, llena de resúmenes de derecho constitucional, citas de juristas y análisis de casos prácticos. Era el trabajo de una mente brillante. Cuando le preguntó por qué no encendía la luz, la respuesta de Eliana le encogió el corazón: “Porque la factura viene a su nombre, señor. No quería aumentar sus gastos. Ya me paga por limpiar, no por gastar su electricidad”.
Miguel tragó saliva. Él gastaba en una cena más de lo que costaba la luz de todo el mes, y allí estaba esa mujer, arruinándose la vista con una vela para no pesarle en el bolsillo. Descubrió que Eliana trabajaba doce horas, volvía a casa para darle de cenar a su hijo de seis años, Rafael, y cuando el niño caía en un sueño profundo, ella caminaba de vuelta a la mansión de madrugada para estudiar en silencio, lejos del ruido ensordecedor de su humilde barrio. Justo en ese momento, el teléfono de Eliana sonó. Era su hijo, despertando asustado en la oscuridad. Miguel escuchó a la madre consolar al pequeño con los ojos llenos de lágrimas, prometiéndole que llegaría pronto, con la voz quebrada por la culpa de dejarlo solo para intentar construirle un futuro mejor.
Esa noche, algo cambió en Miguel. Al ver a esa madre soltera, rechazada por su familia y abandonada por el padre del niño, dispuesta a dormir tres horas diarias para vencer a un sistema que la quería mantener abajo, sintió que sus propios problemas empresariales palidecían. Le prohibió volver a estudiar a la luz de las velas. Le abrió las puertas de su inmensa biblioteca y, al día siguiente, le ofreció que llevara a Rafael a la mansión durante el día para que no estuviera solo. Pero Miguel fue más allá: sabiendo que su propia empresa estaba a punto de quebrar, sacó sus ahorros personales y le ofreció un contrato a Eliana. Él le pagaría la carrera de Derecho completa, para que solo se dedicara a estudiar y a estar con su hijo. A cambio, cuando él lograra fundar un nuevo bufete desde las cenizas de su ruina, ella tendría que trabajar para él durante cinco años. Era un pacto de lealtad absoluta. Eliana, llorando de gratitud, firmó el documento, sintiendo que por fin la vida le daba un respiro. Miguel creía que ese acto de bondad pura sería su pequeña redención en medio del infierno financiero que atravesaba. Lo que ambos ignoraban era que, al otro lado de la puerta entreabierta de la oficina, una sombra los observaba en silencio; alguien que grababa cada palabra con el corazón podrido de envidia, lista para usar ese momento de vulnerabilidad y convertir sus vidas en una auténtica pesadilla.
Marcela siempre había estado acostumbrada a tenerlo todo: ropa de diseñador, el mejor apartamento de la ciudad y un puesto directivo en la empresa de Miguel. Pero había algo que nunca pudo conseguir: el amor de su jefe. Años de indirectas y una declaración formal habían terminado en un rechazo educado pero firme por parte de Miguel. Desde entonces, Marcela había permanecido en la empresa, tejiendo una red de contactos y esperando el momento perfecto para destruir al hombre que osó rechazarla. Verlo entregarle un sobre lleno de dinero a una simple limpiadora fue el insulto final. “Si no es mío, no será de nadie”, pensó, y puso en marcha una venganza despiadada.
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