PARTE 2
El reloj marcaba las 2 de la madrugada cuando Carmen llegó a la puerta trasera del hotel. La lluvia caía sin piedad sobre las calles de la capital. Doña Rosa la esperaba en las sombras, sosteniendo 1 manojo de llaves. Horas antes, en 1 cafetería alejada, la anciana le había entregado el diario de Valeria, encontrado por casualidad en el área de lavandería entre unas sábanas viejas. Las páginas detallaban el terror de la difunta esposa durante sus últimos 2 meses de vida. Valeria había descubierto que Paola falsificó 1 póliza de seguro millonaria con 1 cláusula siniestra: si Valeria moría y Alejandro se volvía a casar, la nueva esposa heredaría el 50 por ciento del imperio. La última frase del diario era desgarradora: “Me siento mareada todos los días después de que Paola me trae el té. Si algo me pasa, busquen en la caja fuerte de la oficina. Allí escondí las verdaderas pruebas. Ale, aléjate de ella.”
Ahora, Paola estaba haciendo lo mismo con los 3 bebés, administrándoles 1 jarabe sedante no recetado en dosis cada vez mayores, enfermándolos lentamente para que Alejandro, desesperado e inútil como padre, dependiera ciegamente de ella y finalmente le propusiera matrimonio.
—Las cámaras de este pasillo están apagadas por 15 minutos —susurró Doña Rosa, guiando a Carmen por las escaleras de servicio—. Tienes que entrar a la suite, esconderte en el despacho y encontrar esas pruebas. Yo me quedaré vigilando.
Con las piernas temblando, Carmen se infiltró en la inmensa suite presidencial. Escuchó los gemidos apagados de los 3 bebés en la habitación contigua. Se deslizó hacia el despacho y se agazapó detrás de 1 pesado sofá de cuero oscuro. De pronto, la puerta principal de la suite se abrió. Carmen contuvo la respiración. Eran Paola y Leticia, la enfermera privada de los niños.
—¿Ya les diste la dosis de hoy? —preguntó Paola, su voz cortando el silencio como 1 cuchillo.
—Sí, señora —respondió Leticia, con la voz temblorosa—. Pero no dejan de llorar. Están sufriendo.
—Entonces dales 2 dosis más. Aumenta la cantidad. Necesito a Alejandro exhausto, pero no lo quiero despierto toda la noche dudando de mis métodos.
—¡No puedo hacer eso! —sollozó la enfermera—. ¡La dosis ya está al límite! Si les doy 1 gota más, podrían tener 1 paro respiratorio. Son solo 3 bebés.
—Haz lo que te digo, o te juro que la policía se enterará de que fuiste tú quien le inyectó el “medicamento equivocado” a Valeria. Tú fuiste mi cómplice. Si yo caigo, tú te pudres 20 años en prisión conmigo.
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