…Un escalofrío recorrió la espalda del oficial.
—¿Cómo te llamas, hijo? —preguntó en voz baja.
—Ethan.
—Soy el oficial Daniel Brooks.
Ethan asintió levemente, pero sus ojos permanecieron fijos en el montículo de tierra fresca.
—No está ahí —repitió, ahora con más firmeza—. Lo sé.
Brooks se agachó hasta quedar a la altura de Ethan. —¿Por qué lo crees?
Ethan tragó saliva. —Porque me llamó.
Las palabras se quedaron en el aire.
Brooks mantuvo una expresión neutral. El dolor puede hacer que los niños imaginen cosas.
—¿Cuándo llamó?
—Dos noches después del funeral. Era un número privado. Contesté porque pensé que era papá.
Brooks sintió una punzada de inquietud. —¿Qué dijo?
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