Y el rostro…
Mandíbula definida. Ojos oscuros que me analizaban con curiosidad. Una sonrisa que me irritaba… y me desarmaba a la vez.
—Lo siento… Pensé que era mi Uber.
—Técnicamente, eso fue lo que hiciste. Y roncaste durante veinte minutos.
—Yo no ronco.
—Sí, sí roncas. Un poco. Fue… adorable.
Volví a mirar a mi alrededor.
Pantalla táctil. Acabados de madera fina. Minibar.
—No eres conductor de Uber…
—Definitivamente no.
Se acomodó con naturalidad.
—Soy Gabriel Albuquerque. Y este es mi coche. El que usaste para echarte una siesta.
En ese momento, su nombre no me decía nada. Pero la seguridad con la que lo pronunció me dejó claro que debía decir algo.
Era alguien importante.
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