El vuelo de Madrid a Nueva York estaba a punto de despegar cuando el capitán Alejandro Martínez notó algo que lo inquietó profundamente.

«No hay necesidad de disculparse todavía», dijo. «Aún no hemos llegado a ese punto».

Un murmullo silencioso se extendió por la cabina. Algunos pasajeros comenzaron a grabar, otros simplemente observaban.

Victoria intentó recuperar la compostura, pero su voz carecía de convicción. «Esto es ridículo; solo queríamos cambiar de asiento…»
Elena se giró lentamente hacia ella. No con ira, sino con claridad.

«No», dijo. «No querías un asiento. Querías cambiar de sitio a alguien que considerabas inferior a ti».

Victoria guardó silencio.

Entonces Elena volvió a mirar al comandante.

«¿Cuánto tiempo lleva volando?»

«Treinta y dos años», respondió él.
—Y en todo ese tiempo —dijo ella—, ¿cuántas veces has juzgado a la gente por su apariencia?

Él no respondió.

Porque ya lo sabía.

Demasiadas veces.

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