Elena continuó con calma. Durante seis meses, había viajado de forma anónima, observando cómo la aerolínea trataba a las personas que consideraba insignificantes. Y hoy, dijo, le habían demostrado exactamente lo que estaba mal.
Alejandro sintió el peso de sus palabras.
—No tenía suficiente información —intentó explicar.
—Exacto —respondió ella—. No la tenías, pero aun así decidiste.
La cabina quedó en completo silencio.
—Decidiste que no pertenecía allí —añadió—. Decidiste que mi apariencia era suficiente.
Victoria bajó la mirada.
Por primera vez, se sintió pequeña.
—Y lo hiciste —dijo Elena— con autoridad, seguro de que nadie te cuestionaría. Ese es el verdadero problema.
Alejandro respiró hondo. Por primera vez en años, no tenía un siguiente paso claro. Ningún protocolo. Ningún guion. —Me equivoqué —dijo finalmente—. Y acepto las consecuencias.
El director se adelantó, ofreciéndose a solucionar la situación rápidamente, pero Elena negó con la cabeza.
—No se trata de cambiar de asiento —dijo—. Se trata de comprender.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó él.
—Recuerda este momento —respondió ella—. Cada vez que conozcas a alguien que no cumpla tus expectativas. Porque la próxima vez… puede que no haya nada que te detenga.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas y definitivas.
Victoria lo intentó una vez más. —Entonces… ¿no vamos a cambiar de asiento?
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