Ella lo sacrificó todo por su futuro. Décadas después, la llevaron a un lugar que nunca soñó.

¡Tamales oaxaqueños! ¡Frescos y calientes!, gritaba con una calidez que disimulaba el cansancio.

Algunos días regresaba a casa habiendo vendido casi todo. Otros días regresaba con sobras, pero siempre con algo para que sus hijos comieran antes de la escuela.

En las noches en que se cortaba la luz por pagos atrasados, Marco y Paolo estudiaban a la luz de las velas.

Una de esas noches, Marco rompió el silencio.

“Mamá… quiero ser piloto.”

Teresa hizo una pausa, con la aguja en la mano.

Piloto.

La palabra le pareció enorme. Costosa. Lejana.
“¿Piloto, hijo?”, preguntó en voz baja.

“Sí. Quiero pilotar los aviones grandes… los que despegan de la Ciudad de México.”

Sonrió, aunque el miedo la invadía.

“Entonces volarás”, dijo. “Y yo te ayudaré.”

Ya sabía que la escuela de aviación costaba más de lo que imaginaba.

Cuando ambos hijos se graduaron de la preparatoria y fueron aceptados en una academia de aviación, Teresa tomó la decisión más difícil de su vida.

Vendió la casa.

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