Ella lo sacrificó todo por su futuro. Décadas después, la llevaron a un lugar que nunca soñó.

La lluvia goteando en cubetas de metal.

Y comprendió algo profundo.

Nunca había sido realmente pobre.

Porque siempre había sido rica en amor.

EL ATARDECER DE UNA MADRE
Esa noche, se sentaron juntos viendo cómo el sol se hundía en el lago.

El cielo brillaba naranja y carmesí.

Se abrazaron.

Una suave brisa le rozó el rostro y, por un instante, sintió como si su difunto esposo también estuviera allí, sonriendo con orgullo.

“Ahora puedo descansar”, susurró Teresa.

Sus hijos habían aprendido a volar.

Pero más importante aún, habían aprendido lo que significaba el sacrificio.

Y descubrió que cuando una madre siembra amor, la vida lo devuelve, multiplicado, con alas.

Esta noche, antes de dormir, ¿llamarás a tu madre?

Porque al final, todos volamos porque alguien caminó descalzo para que pudiéramos correr.

¿Quién fue el tuyo?

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