Ella pidió ver a su hija antes de morir... y lo que la niña le susurró cambió su destino para siempre.

Clara también.

La fiscalía emitió una disculpa pública.

Los periódicos la apodaron "la inocente del pasillo".

Las cámaras buscaban lágrimas, declaraciones heroicas y frases pegadizas para cerrar el caso.

Ramira no les dio nada de eso.

No era su obligación convertir su destrucción en algo edificante.

Consiguió trabajo en una panadería.

Comenzó terapia con Salomé.

Reaprendió los horarios escolares, las preferencias alimentarias, el miedo a la oscuridad que la niña había desarrollado y la forma exacta en que ahora arrugaba la nariz cuando se sentía incómoda.

Hubo días buenos.

Hubo días insoportables.

días.

Había días en que Salomé no la soltaba, ni siquiera para ir al baño.

Y otros en que se encerraba en su habitación a llorar porque no sabía si podría seguir llamando a su madre sin que alguien se la llevara otra vez.

Ramira también tenía noches de temblores.

Pesadillas con barrotes, con botas, con pasos que la perseguían.

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