En 1979, abrió las puertas de su casa a nueve niñas pequeñas a las que otros habían ignorado; 46 años después, sus vidas cuentan una historia que nadie esperaba.

Una joven enfermera lo vio mirándola fijamente.

Explicó en voz baja que las niñas habían sido encontradas juntas, abandonadas en las escaleras de la iglesia en plena noche, envueltas en la misma manta.

—Sin nombres. Sin notas —dijo suavemente—. La gente está dispuesta a adoptar una… tal vez dos. Pero nunca a todas. Pronto las separarán.

Separadas.

La palabra lo golpeó como una cuchilla.

Pensó en la voz de Anne.

En su creencia de que la familia se elige, no se hereda.

Se le hizo un nudo en la garganta.

—¿Y si alguien se las llevara a todas? —susurró.

La enfermera casi se echó a reír.

—¿Las nueve? Señor, nadie puede criar a nueve bebés solo. No sin dinero. La gente pensaría que ha perdido la cabeza.

Pero Richard ya no escuchaba.

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