En 1979, abrió las puertas de su casa a nueve niñas pequeñas a las que otros habían ignorado; 46 años después, sus vidas cuentan una historia que nadie esperaba.

Su cuerpo se desgastaba por los interminables turnos de trabajo.

Pero nunca dejó que la desesperación se notara.

Para sus hijas, él era fuerte.

Y su fe lo hizo más fuerte.

Juntas, demostraron algo más poderoso que los prejuicios:

El amor es más fuerte que los lazos de sangre.

Más fuerte que la duda.

Más fuerte que el miedo.

La casa silenciosa, otra vez
A finales de la década de 1990, su cabello se había vuelto gris y su espalda se había encorvado.

Una a una, las chicas se fueron a la universidad, a sus carreras, a casarse.

La casa volvió a quedar en silencio.

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