"Sí". Nos casamos tres meses después en una pequeña ceremonia con amigos cercanos. Sin un baile elaborado. Sin actuaciones. Solo verdad, amor y dos personas que habían reencontrado el uno al otro.
Ahora llevo dos anillos: la sencilla alianza de plata de Julian y el relicario que nunca me quité: el que contenía una foto pequeña de nosotros de la universidad, el que lo mantuvo cerca de mi corazón incluso cuando pensé que lo había perdido para siempre.
A veces pienso en aquella noche de gala. En estar detrás de la planta, invisible y pequeña. En Julian cruzando el salón como si yo fuera la única persona en la habitación.
En la puerta que se cerró hace treinta años y la que finalmente se abrió cuando tuve la valentía de elegirme.
Si estás leyendo esto y te sientes invisible, si te has empequeñecido para encajar en la vida de otra persona, si has olvidado quién eras:
No es demasiado tarde.
Aún puedes elegirte. Aún puedes abrir la puerta.
Y la persona que espera al otro lado podría ser la Alguien que te ha estado buscando todo este tiempo.
O podría ser algo aún mejor: la versión de ti mismo que creías haber perdido para siempre.
De cualquier manera, mereces ser visto.
Mereces ocupar espacio.
Mereces dejar de esconderte tras la planta.
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