Esa tarde, me obligué a levantarme de la cama. Me llevaron en silla de ruedas otra vez frente a la UCIN —esta vez a propósito. Le supliqué al camillero que se detuviera, aunque fuera solo un momento. Dudó al ver la desesperación en mis ojos y redujo la velocidad…/HXL

—Eso está en proceso de determinarse.

Después de que se fue, me trasladaron a una habitación más pequeña, sin ventanas. Me dieron una manta delgada y formularios financieros que apenas podía leer entre lágrimas.

Horas después, pasé frente a la UCIN. Tres cuerpos diminutos, rodeados de cables. Sus pechos subían y bajaban con un ritmo irregular. Extendí la mano hacia el vidrio, pero la silla siguió avanzando.

Esa noche comprendí la verdad: no solo me habían divorciado. Me habían descartado.

Alejandro Villalba se miraba al espejo en su penthouse en Polanco, ajustando la corbata de seda. La luz entraba por los ventanales, iluminando una ciudad que parecía rendirse ante él.

Su teléfono vibró:
Alerta de calendario: Desayuno con inversionistas, 9:00 AM.

El divorcio había sido quirúrgico. Se sentía más ligero. Sin visitas al hospital. Sin explicaciones.

—Está hecho —le dijo a Isabel cuando la llamó.

—Te lo dije —respondió ella con una risa suave—. Solo necesitabas ser decisivo.

—Siempre lo soy.

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