Esa tarde, me obligué a levantarme de la cama. Me llevaron en silla de ruedas otra vez frente a la UCIN —esta vez a propósito. Le supliqué al camillero que se detuviera, aunque fuera solo un momento. Dudó al ver la desesperación en mis ojos y redujo la velocidad.

La tinta en los papeles de divorcio se secó en un pasillo del hospital que olía a desinfectante industrial y a un leve rastro metálico de sangre. Detrás de las puertas dobles del área quirúrgica, yo permanecía inconsciente, mi cuerpo cosido tras una cesárea de emergencia que salvó tres vidas prematuras, pero casi apagó la mía.
Las máquinas zumbaban. Luces rojas parpadeaban en la penumbra de la UCI. En algún rincón de aquella fortaleza estéril, una enfermera murmuraba una oración frente a mis monitores.
Afuera, Alejandro Villalba ajustaba los puños de su traje italiano, tomó la pluma de su abogado y firmó su nombre sin el menor temblor.
Diez minutos antes, mi corazón se había detenido. Alejandro no preguntó si sus hijos respiraban por sí solos. No preguntó si la mujer a la que juró amar hasta la muerte iba a despertar. Solo le hizo una pregunta al abogado:
—¿Qué tan rápido puede finalizarse esto?
La respuesta fue simple, inmediata y silenciosa. Exactamente como le gustaban sus negocios.
Una doctora salió, el cansancio marcado en su rostro.
—Señor Villalba, su esposa está en estado crítico —dijo, bajando la mascarilla—. Necesita…
—Ya no soy su esposo —interrumpió Alejandro, cerrando la carpeta de cuero con un chasquido que resonó como un disparo en el pasillo. Su voz era tranquila, casi aburrida—. Actualicen a su familia.
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