Antes de que Isabela pudiera responder, el mayordomo de la mansión apareció en la puerta del salón con expresión desconcertada. “Señor Castellanos”, su voz era cautelosa. “Hay un caballero en la entrada. Dice que viene por la señora Isabella. Dile que espere afuera como la gente de su clase. Doña Mercedes agitó la mano con desdén. Estamos ocupados con asuntos importantes, señora. El mayordomo tragó saliva. El caballero llegó en un vehículo que, bueno, señora, nunca había visto un auto así y viene acompañado de tres abogados y un equipo de seguridad.
El silencio que cayó sobre la habitación fue diferente a los anteriores. Era un silencio de confusión, de alarma, de algo que los castellanos rara vez experimentaban. Incertidumbre. Don Aurelio se puso de pie lentamente. ¿Qué clase de broma es esta? La respuesta llegó en forma de pasos firmes acercándose por el pasillo de mármol. Pasos que resonaban con la autoridad de alguien acostumbrado a que las puertas se abrieran ante él. Eduardo Márquez apareció en el umbral del salón, pero no era el Eduardo Márquez que los castellanos esperaban.
No había overol de mecánico ni manos manchadas de grasa. En su lugar vestía un traje impecable que incluso don Aurelio reconoció como de la más alta costura. Su postura era la de un hombre que había dirigido imperios, negociado con presidentes y destruido a quienes cometieron el error de subestimarlo. A su lado, la licenciada Patricia Solano cargaba un maletín que parecía contener munición legal suficiente para una guerra. Buenas noches. Eduardo habló con voz serena, pero con un peso que hizo que el aire de la habitación se volviera denso.
Parece que llegué justo a tiempo. Doña Mercedes fue la primera en recuperar el habla. ¿Quién demonios es usted y cómo se atreve a entrar así en nuestra casa? Eduardo la miró como quien observa a un insecto particularmente ruidoso. Luego sus ojos se posaron en Isabela y su expresión se suavizó por un instante. ¿Estás bien, hija? Isabela asintió, sintiendo lágrimas de alivio amenazando con escapar. No voy a preguntarlo de nuevo. Don Aurelio avanzó hacia Eduardo con expresión amenazante.
¿Quién es usted? Eduardo sacó una tarjeta de su bolsillo y la colocó sobre la mesa de Caoba. con un gesto casi casual. Cuando don Aurelio leyó el nombre impreso, su rostro perdió todo color. No es posible, susurró. Oh, es muy posible. Eduardo sonró, pero no había calidez en esa sonrisa, solo la promesa de una tormenta que estaba a punto de desatarse. Y ahora, si me permiten, vamos a discutir exactamente qué le han estado haciendo a mi hija durante estos años.
Y créanme cuando les digo que no les va a gustar cómo termina esta conversación. El champañe en las copas de los castellanos de pronto pareció haberse convertido en vinagre y la noche apenas comenzaba. El silencio en el salón de la mansión Castellanos era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Don Aurelio sostenía la tarjeta entre sus dedos como si fuera una serpiente venenosa, sus ojos leyendo una y otra vez el nombre impreso, negándose a aceptar lo que veía.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
