Una semana antes de la boda, la novia envió una foto de su vestido. Tamara la abrió y se quedó helada. El vestido era blanco, pero… demasiado revelador. El escote llegaba casi hasta el ombligo y la abertura de la falda hasta medio muslo.
—Igor —llamó a su hijo—. Mira el vestido de la novia. Él lo miró.
—Es precioso.
—¿Precioso?
—Mamá, ahora está de moda. No te preocupes. Tamara no dijo nada. Quizás estaba realmente abrumada por la época.
Llegó el día de la boda. Tamara se puso un elegante vestido beige hasta la rodilla, un collar de perlas y se arregló el cabello. Lucía distinguida.
Llegó al restaurante. Sus invitados ya se habían reunido: todos bien vestidos, los hombres con corbata y las mujeres con vestidos discretos. Elena, colega de Tamara, se acercó a ella.
«¡Qué emoción! ¡Tu pequeño Igor se casa!».
«Sí», sonrió Tamara. «Espero que todo salga bien». La novia entró en la sala. Tamara se quedó sin aliento. En la foto, el vestido parecía atrevido, pero en realidad… el escote era aún más pronunciado, casi todo quedaba a la vista. La abertura llegaba casi hasta arriba. Con cada paso, su pierna quedaba completamente expuesta.
Los invitados de Tamara guardaron silencio. Intercambiaron miradas. Elena susurró suavemente:
«¿Es esto… un vestido de novia?».
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