“¿Señora Lucía Vega Monroe?”, preguntó una voz profesional. “Me llamo Carlos Mendoza. Fui el abogado personal del Dr. Edward Monroe. Te necesito en mi oficina en una hora”.
Lucía se incorporó con el corazón palpitante.
“Y por favor”, añadió Mendoza, “no firmes nada que te dé la familia Monroe”.
Una hora después, entró en una torre de oficinas de cristal y mármol en el centro, todavía con ropa sencilla, ojeras y un dolor que pesaba sobre sus hombros.
Y se le enfrió el estómago.
Margaret Monroe y Richard ya estaban allí, sentados como si fueran los dueños de la sala, flanqueados por sus abogados.
Richard torció la boca al ver a Lucía.
“¿Qué hace aquí?”, se burló. “Ya nos encargamos de ella. Cobró su indemnización”.
Mendoza no pestañeó. “Siéntese, Sr. Monroe. El testamento del Dr. Monroe no se puede leer sin la presencia de su esposa”.
El rostro de Margaret se tensó. “Mi hijo no le dejó nada importante. Era un capricho”.
Mendoza rompió el sello de un grueso documento.
“Yo, Edward Monroe, en pleno uso de mis facultades mentales…”
Las primeras cláusulas eran breves: objetos sentimentales, legados menores. Margaret recuperó la confianza como un abrigo que se hubiera vuelto a poner.
Entonces, la voz de Mendoza cambió.
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