Pero yo ya lo había decidido:
No lloraría.
No rogaría.
Y no les permitiría reescribir la historia.
Al día siguiente, convoqué una reunión de la junta directiva.
Estaban todos allí.
Adrián.
Liana.
Ejecutivos.
Directores.
No tenían ni idea de lo que se avecinaba.
Comencé con calma.
Luego pulsé el mando a distancia.
Aparecieron fotos en la pantalla:
ellos juntos, tomados de la mano, sonriendo, viviendo una vida a mis espaldas.
Se oyeron exclamaciones de asombro en la sala.
Luego vinieron los registros financieros.
Las cuentas secretas.
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