Una bolsa de plástico, bien sellada, que ya mostraba signos de humedad y moho en los bordes. El corazón me latía con fuerza mientras metía la mano y la sacaba.
La dejé en el suelo y la abrí lentamente.
Dinero en efectivo. Atado con gomas elásticas, algunos billetes manchados por la humedad. Montones gruesos, más de los que podía contar rápidamente.
Debajo del dinero había sobres. Dentro de los sobres había recibos, notas manuscritas, contratos formales y una pequeña libreta de espiral. La libreta estaba llena página tras página con fechas, cantidades, nombres de empresas y lo que parecían ser registros meticulosos de transacciones financieras de muchos años.
Mis pensamientos se desviaron rápidamente hacia lo oscuro.
Me senté sobre mis talones e intenté respirar.
¿Qué había estado haciendo mi marido?
Una pequeña cruz en cada página
Examiné la libreta con más detenimiento. La letra era la de Michael: pulcra, deliberada, como siempre escribía cuando algo le importaba. Pero lo que me llamó la atención fue un pequeño símbolo dibujado al pie de cada página.
Una pequeña cruz.
No tenía ni idea de lo que significaba. Pero me hizo detenerme. No parecía un código criminal ni un mensaje oculto. Parecía casi una marca personal. Como algo que alguien añadiría por una fe silenciosa o una intención discreta.
Abrí otro sobre.
Dentro había fotografías.
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