No eran suyos.
Lo supo al instante.
Por un instante, intentó encontrar una explicación. ¿Quizás un regalo? ¿Una sorpresa?
Pero la idea se desvaneció.
Su corazón se aceleró.
Paso a paso, avanzó por el pasillo, con la respiración entrecortada. La puerta del dormitorio estaba ligeramente abierta.
—¿Quién es? —preguntó.
No hubo respuesta.
La habitación se sentía pesada.
Se acercó, temblando ahora, y extendió la mano hacia la cama. Por un momento, dudó… luego apartó la sábana.
Un mechón de pelo largo y oscuro.
No era suyo.
Eso fue suficiente.
Su cuerpo se puso rígido. Todo en su interior se congeló: ni pensamientos, ni lógica, solo una sensación cruda y ardiente.
Entonces lo comprendió.
Una oleada de emoción: intensa, punzante, abrumadora.
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