Dejó caer la sábana y retrocedió tambaleándose, con la respiración entrecortada. No gritó. Todavía no. Fue peor que eso: ese silencio que precede a que algo se rompa.
Se dio la vuelta y salió de la habitación.
La casa, que hacía un momento le había parecido tan perfecta, ahora se sentía como una mentira cuidadosamente orquestada.
Su mirada se posó en una escoba apoyada contra la pared.
Caminó directamente hacia ella y la agarró, sujetando el mango con fuerza como si pudiera soportar el peso de todo lo que sentía.
Sus pensamientos se agolpaban caóticamente.
¿Cuánto tiempo?
¿Desde cuándo?
¿Quién era ella?
Clara apretó el agarre y regresó al dormitorio, con pasos firmes y decididos.
Levantó la escoba…
Y justo entonces, una voz la llamó desde atrás.
—¿Clara?
Se giró.
Su marido estaba allí, saliendo de la habitación de su hijo, con el pelo revuelto, aún medio dormido.
Le bastó un segundo para comprender lo que veía.
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