Me acomodé en el sillón.
—Qué ironía. Me querían sacar de mi casa para meterme en un asilo.
—La ironía es una de las pocas cosas que este país sirve todavía bien caliente —dijo él—. Pero no es todo. Si quieres proceder, podemos hacerlo por varias vías. Sin embargo, antes de demandar, tal vez convenga prepararnos. Reunir pruebas. Entender sus finanzas. Saber hasta dónde han llegado.
—Quiero saberlo todo.
—Entonces vamos a averiguar quiénes son cuando creen que nadie los ve.
Salí de la oficina con una claridad brutal. Esa noche ya no cené como fugitiva. Cené como mujer que está afilando su destino. Pedí langosta, vino tinto y pastel de chocolate. Contesté una llamada de Daniel, solo una, para escuchar el temblor en su voz.
—Mamá, gracias a Dios. ¿Dónde estás? Te hemos buscado por todos lados.
—Estoy bien.
—¿Bien? Han pasado más de doce horas. No puedes hacer esto. Casi llamamos a Locatel. Victoria está muy mal.
—Me imagino.
—Mamá, por favor, vuelve a casa. Lo que sea que haya pasado, lo arreglamos hablando.
Me quedé callada un segundo.
—Tienes razón, Daniel. Tenemos que hablar. Pero no por teléfono. Y no bajo tus condiciones.
—¿Qué significa eso?
—Significa que esta vez decido yo.
Le colgué.
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