Semanas después, la casa se sentía diferente. En paz.
Una tarde, Lucía volvió a sonreír.
Y comprendí algo que ningún negocio me había enseñado:
La peor pobreza no es la falta de dinero,
sino permitir que la persona que amas sea menospreciada.
Quienes humillan a otros tarde o temprano enfrentan las consecuencias de sus actos.
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