Parte 2
Pasé la noche en un modesto hotel cerca del puerto. Apenas pude dormir, pero mi mente se sentía extrañamente lúcida. A las ocho de la mañana siguiente, estaba sentada en el despacho de mi abogado, Julián Ferrer, la única persona, aparte del administrador del premio, que conocía mi situación. Sobre su escritorio había varias carpetas: una con los documentos de la lotería, otra con planes de inversión y una tercera con listados de propiedades.
Una propiedad me llamó la atención de inmediato: la villa exacta con la que Daniel y Laura habían estado soñando. Una casa moderna en un barrio exclusivo, con cocina abierta, piscina infinita y un jardín donde Inés podía correr libremente. Ya la habían visitado dos veces, pero estaba fuera de su alcance. Para mí, no.
Julián me preguntó si estaba segura. —No quiero destruirlos —le dije—. Solo necesito saber si alguna vez me consideraron de verdad parte de su familia.
A media mañana, hicimos una oferta en efectivo. Cuando tienes liquidez y actúas rápido, las cosas avanzan velozmente. El vendedor aceptó antes del mediodía. Firmé a través de una sociedad holding recién creada, asegurándome de que todo estuviera legalmente en regla. No fue impulsivo, fue premeditado. También me compré un apartamento más pequeño cerca del mar, luminoso y tranquilo, con terraza y ascensor. No quería venganza ni extravagancias. Quería tranquilidad.
Esa tarde, Daniel empezó a llamar. Primero una vez, luego repetidamente. Siguieron mensajes: «Mamá, ¿dónde estás?», «Inés pregunta por ti», «No te preocupes», «Hablemos». No respondí. Alrededor de las cinco, Laura me envió un mensaje por primera vez en meses sin pedirme nada: «Esto se ha malinterpretado». Sonreí con tristeza. Hay palabras que llegan demasiado tarde para importar.
A las siete, Julián recibió una llamada de la inmobiliaria. Daniel y Laura habían vuelto a ver la villa, pensando que estaban cerca de conseguir el préstamo. Les dijeron que la propiedad se había vendido esa misma mañana. Daniel exigió saber a quién. Finalmente, supo el apellido del comprador: Villalba. El mío.
Mi teléfono no paraba de vibrar: llamadas, mensajes, notas de voz llenas de pánico. Las ignoré todas. Esa noche, por fin escuché un mensaje. La voz de Daniel temblaba mientras insistía en que debía haber algún error.
Julián me recordó entonces que quedaba un último paso: la firma en persona para la entrega de llaves. Respiré hondo. Al día siguiente, los vería, justo delante de la casa con la que habían soñado.
Parte 3
A las once de la mañana siguiente, llegué a la urbanización privada con un sencillo vestido azul marino, gafas de sol oscuras y el pelo recogido. No quería parecer victoriosa, solo decidida. Julián estaba a mi lado, junto con el agente inmobiliario. En la puerta, Daniel y Laura ya estaban allí, con expresiones que mezclaban confusión, tensión y vergüenza.
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