Horas después, cuando el sol ya caía y el pasillo estaba más vacío, alguien abrió la puerta con cuidado.
Un pequeño perro entró, dudando al principio.
Ritchie.
Sus patas hacían un sonido suave contra el piso brillante. Olfateó el aire… y entonces lo reconoció.
Levantó la cabeza.
Y corrió.
No como un animal asustado.
Como alguien que había esperado demasiado tiempo.
Alden giró el rostro apenas, con esfuerzo.
—¿…Ritchie?
El perro saltó a la cama con torpeza, acomodándose junto a su pecho. Lloriqueaba bajito, empujando su hocico contra la mano frágil de su dueño.
Alden sonrió.
No una sonrisa débil.
Una real.
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