Iba cada jueves a admirar un vestido inalcanzable, sin saber que el dueño del imperio la observaba en secreto. Lo que sucedió cuando cruzó esa puerta te hará volver a creer en los sueños.

Iba cada jueves a admirar un vestido inalcanzable, sin saber que el dueño del imperio la observaba en secreto. Lo que sucedió cuando cruzó esa puerta te hará volver a creer en los sueños.

Fernanda Flor exhaló un suspiro largo y profundo que empañó levemente el cristal de la vitrina. Frente a ella, iluminado como una reliquia sagrada, estaba el vestido rojo. No era simplemente una prenda de tela; era una cascada de seda carmesí que parecía tener vida propia, prometiendo transformar a quien lo llevara en una reina. Fernanda, con sus manos pequeñas y ásperas por el trabajo diario en la modesta boutique “Hilos de Plata”, acarició el vidrio frío, imaginando por un instante que la suavidad que tocaba no era barrera, sino la tela misma.

“Soñar no cuesta nada”, se susurró a sí misma con una sonrisa melancólica, apartando un mechón rebelde de su trenza improvisada. Pero la realidad era matemática pura: ese vestido costaba más de lo que ella ganaba en tres meses de arduo trabajo. Fernanda tenía veinticuatro años y un talento innato que se marchitaba entre facturas por pagar y la rutina de un barrio humilde. Cada jueves, al salir de su turno, caminaba seis cuadras hasta la avenida Presidente Masaryk, el corazón del lujo en la Ciudad de México, solo para visitar aquel vestido en la tienda “Louté”. Era su ritual secreto, su pequeña dosis de belleza en un mundo gris.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.