“Quiero la casa vacía antes de las 4 de la tarde”.
Esa fue la primera llamada que hice.
No lloré.
No grité.
A veces la ira no explota, sino que se intensifica.
Llamé al banco.
A mi abogado.
Al equipo del sistema de domótica.
A una empresa de mudanzas.
A un almacén.
A un perito forense.
En una hora, todo estaba en marcha.
Acceso revocado.
Códigos cambiados.
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