Rhea negó apenas con la cabeza: no podía revelar detalles. Aquí no. Nunca.
Pero el atacante continuó con la voz temblorosa:
—Me dijeron que estabas en la lista de no vuelo para este viaje. Tenían a alguien dentro del sistema de programación del aeropuerto. No se suponía que abordaras. Cuando te vi entrar a Primera Clase, entré en pánico.
Así que eso era.
Que la obligaran a salir de Primera Clase no fue solo discriminación.
Fue sabotaje.
Manipulación.
Un empujón deliberado para aislarla.
Para mantenerla donde pudieran matarla con menos testigos y con menos protección de miradas.
La pasajera grosera, sin saberlo, había ayudado al plan de alguien.
Rhea exhaló lentamente. Años de operaciones clasificadas —misiones fantasma, despliegues negables, aliados peligrosos— finalmente la habían alcanzado.
Markell se puso de pie, con la mandíbula rígida.
—Tenemos que aterrizar de inmediato.
La puerta de la cabina se cerró.
Rhea se quedó junto al hombre inmovilizado, asegurándose de que no pudiera moverse. Los pasajeros la miraban con una mezcla de miedo y asombro.
Por fin, una mujer al otro lado del pasillo susurró:
—¿Usted… de verdad es militar?
Rhea no respondió.
Su silencio respondió por ella.
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