Lo intentaron una y otra vez.
La semana pasada, por primera vez desde que tenía cuatro años, Hannah se puso de pie apoyándose casi por completo en sus piernas.
Duró solo unos segundos y no fue nada elegante.
Temblaba violentamente y lloraba por el esfuerzo y la emoción.
Pero estaba de pie por sí sola.
Podía sentir el suelo firme bajo sus pies.
En su mente, escuchó claramente la voz de Ray.
—Vas a vivir, pequeña.
¿Perdona Hannah a su tío por su papel en la muerte de sus padres?
La respuesta no es sencilla ni constante.
Algunos días, definitivamente no.
Algunos días solo siente la rabia ardiente por el precio que le pagaron su orgullo y su mal genio.
Otros días, recuerda cosas diferentes.
Sus manos ásperas y callosas que la sostenían durante los traslados.
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