PARTE 1
“Mi sobrina debería haber vuelto a casa con su recién nacido, no haber terminado descalza en la calle helada, aferrándose a él como si su vida dependiera de ello.”
El 27 de diciembre, en Chihuahua, con temperaturas bajo cero, iba de camino a recogerlos al hospital: flores, regalos, todo listo.
Entonces la vi.
Elena estaba sentada fuera de la entrada de urgencias con una bata de hospital, un abrigo viejo encima, descalza en la nieve. Tenía los labios morados, el cuerpo le temblaba y sostenía a su bebé con tanta fuerza que parecía tener miedo de que alguien se lo llevara.
Corrí hacia ella, la abrigué y la llevé al coche. Estaba congelada, completamente congelada.
“Tío… revisa a Mateo…” susurró.
El bebé estaba calentito, dormido, a salvo.
Entonces me dio su teléfono.
Un mensaje:
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