La criada tiñó en secreto una olla de arroz barato de color amarillo y lo llamó "arroz dorado" para que los cuatro niños se sintieran como príncipes... Pero el día que el multimillonario llegó temprano a casa y lo vio, se quedó helado, porque los niños se parecían exactamente a él, y ese "arroz dorado" era el secreto que los mantenía con vida.

En cambio, no podía moverse.

Los perfiles de los niños —uno girándose para reír, con la luz de la lámpara iluminando su rostro— golpearon a Alejandro como un espejo distorsionado por el tiempo. La nariz. La sonrisa. La expresión. La familiaridad era aterradora.

La mansión era una fortaleza. Nadie entraba sin permiso. Sin embargo, allí estaban cuatro niños comiendo en su mesa como si fueran de la realeza oculta: vivos, reales, riendo suavemente en una casa que había permanecido en silencio durante años.

ELENA LO VE PRIMERO
El leve crujido de los zapatos italianos de Alejandro no fue nada… pero Elena reaccionó como si fuera un trueno. Se giró, palideciendo.

Los chicos percibieron su miedo al instante y miraron hacia la puerta al unísono.

Alejandro contuvo la respiración. De cerca, el parecido no era solo «similar».

Era idéntico.

«¿QUIÉNES SON ESTOS NIÑOS?»

Elena se levantó de un salto, interponiéndose instintivamente entre los chicos y ellos con los brazos extendidos, protectora y feroz.

Alejandro avanzó, la rabia reemplazando la sorpresa. Su voz resonó en la habitación:
«¿Qué significa esto, Elena?»

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