Ella asintió.
Cuando el coche arrancó, dejó atrás la escuela, junto con el miedo, el ridículo y un pasado que ya no la definía.
Elena la vio marcharse y susurró:
"Mi niña..."
Alina sonrió con serenidad por primera vez en mucho tiempo.
No había tenido que "demostrar" nada a nadie.
Simplemente había dejado de ser objeto de burlas.
Y en ese instante, lo comprendió: la limusina no era una victoria.
Era el comienzo de una nueva vida.
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