La hija de la señora de la limpieza dejó a todos sin palabras en su graduación.

Alina caminó lentamente a casa, como si cada paso se volviera más pesado que el anterior. Las palabras de Anton resonaban una y otra vez en su cabeza: «En el autobús, con un cubo y trapos…». La risa de sus compañeros le taladraba la memoria como un cuchillo.

Se detuvo en la entrada de su edificio, sacó el teléfono y abrió la calculadora. Los números no cuadraban. Aunque trabajara siete días a la semana, alquilar una limusina seguía siendo un lujo inalcanzable. Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás; algo hizo clic en su interior.

«Mamá… ¿y si tuviéramos la oportunidad… bueno, solo por una noche… de ser diferentes?», preguntó con cautela aquella noche.

Elena levantó la vista de los platos.

«¿Diferentes? ¿Por qué, Alina?»

«Es que… no importa», respondió rápidamente y entró en su habitación.

Al día siguiente, en el colegio, las cosas empeoraron aún más. Anton ya no ocultaba su burla.

«Entonces, Morozova, ¿ya has elegido tu ruta de autobús?» ¿O debería irse?

La clase volvió a reír. Alina sintió una rabia helada crecer en su interior, pero su rostro permaneció impasible.

—Me verás en la graduación —dijo en voz baja.

—¿Qué? —preguntó Anton.

—Me verás.

Esas palabras resonaron en el aire con más fuerza que cualquier amenaza.

Después de clase, no se dirigió a casa, sino al Centro de Negocios Mercury. Su corazón latía con tanta fuerza que parecía que los transeúntes podían oírlo. Buscaba a Viktor Sokolov.

—¿A quién viene a ver? —preguntó el guardia de seguridad.

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