Su mundo parecía haber sido arrancado de sus manos de un momento a otro, dejándolo completamente sin piso, mientras miraba el pequeño cuerpo de su hija dentro del ataúd blanco, tan pequeño, que apenas parecía real. Antonio intentó alejar el pensamiento de inmediato, imaginando que era solo un reflejo del calor humano de las personas alrededor. Soltó un suspiro pesado y respondió con voz baja y temblorosa. Debe ser normal, tía. No hace tanto tiempo que ella se detuvo a mitad de la frase, incapaz de terminarla.
Sin embargo, las miradas a su alrededor comenzaron a llenarse de dudas silenciosas y sintió una presión creciente en el pecho. Miró a Rosana, que ahora tenía los ojos muy abiertos de sorpresa y miedo, y se dio cuenta de que ella también se estaba cuestionando lo que sentían. Rosana dio un paso adelante con la respiración acelerada y colocó la mano temblorosa en la frente de la bebé, vacilando por largos segundos, como si temiera la confirmación de lo que su mente se negaba a aceptar.
“Rosana”, murmuró Antonio con la voz entrecortada. “Clara todavía está tibia. Creo que no debería estar así. Don Aurelio, todavía de pie cerca del ataúd, soltaba de vez en cuando un clara linda bajo, casi melancólico, como si la llamara para jugar como en los viejos tiempos. Sus ojos color miel estaban clavados en el pequeño rostro de la bebé con una fijeza que inquietaba. Antonio, sintiendo la urgencia de una última conexión verdadera, se inclinó sobre el ataúd, sosteniendo la pequeña mano de su hija con delicadeza infinita.
Pasó los dedos lentamente por los delicados contornos, sintiendo la suavidad que conocía. Y entonces, como en un verdadero milagro, una sensación inesperada subió por su espina dorsal, dejándolo congelado en el lugar. una leve presión, casi imperceptible, como si la pequeña mano de ella se hubiera movido de forma sutil. Parpadeó varias veces confundido. No puede ser, pensó. Esto es cosa de mi cabeza. Pero el toque se repitió esta vez un poco más firme, como si su hija se estuviera aferrando a la vida.
El corazón de Antonio se aceleró. con una mirada entre el miedo y la esperanza renovada, susurró a Rosana. Rosana, ella está apretando mi mano. Rosana lo miró atónita. Por un momento fue como si el mundo alrededor se detuviera por completo. La respiración de Rosana se volvió entrecortada y temblando extendió la mano para sostener la otra manita de la bebé. Sin embargo, la pequeña mano permaneció inerte bajo sus dedos. El calor aún estaba allí, casi desafiando lo conocido, pero no había movimiento.
Antonio, yo no siento nada, comenzó ella con la voz fallando de desesperación. Don Aurelio, como siera la tensión, gritó nuevamente. Clara linda, besito, besito. Un primo preguntó con voz baja y tensa. ¿Estás seguro de que sentiste que se movió, Antonio? Sí, estoy seguro. No fue mi imaginación. Sentí que apretó mi mano”, respondió con voz grave y firme, pero temblando de emoción. Necesitaban a alguien calificado para evaluar lo que estaba pasando. No podían confiar solo en sus percepciones nubladas por el dolor.
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