Sacó el dispositivo como quien encuentra droga en un bolso, lo levantó y lo agitó delante de Regina como si estuviera mostrándole un trofeo.
—¿Quién te lo dio, negra? ¿Te lo robaste o se lo quitaste a algún soldado después de calentarle la cama?
El sargento Ramírez soltó una carcajada áspera con ese tono amargo que solo traía años de odio acumulado y sin filtro.
—No me extrañaría que sea parte de esos experimentos de inclusión del ejército —dijo mientras le ajustaba las esposas aún más, apretándolas hasta dejar marcas rojas—. Le dan uniformes y títulos a cualquier mona ahora. Y mira, hasta aprenden a hablar bien.
Regina tragó saliva. Tenía la vista fija en el asfalto caliente.
—Están violando protocolos federales —alcanzó a decir con la voz tensa.
—¿Y tú crees que eso me importa, simia? —le soltó Ramírez con una sonrisa torcida—. La única ley que importa aquí es la mía. Y en mi turno, ninguna perra negra con aires de grandeza se pasea en una camioneta como esta.
Torres se asomó por la puerta del vehículo y abrió la guantera tirando papeles, credenciales y carpetas como si fueran basura.
—Y mira esto, Ramírez. ¿Tiene documentos clasificados o lo que ella cree que son documentos? Esta zorra sí que juega a ser importante.
—Tal vez deberíamos llamar al Instituto Nacional de Migración —agregó Ramírez carcajeándose otra vez—, o a control animal.
Regina no podía moverse. Sentía el ardor en las muñecas, el calor quemándole la piel, el uniforme arrugado y al maldito Torres revisando su vida como si no valiera nada.
—No tienes idea de lo que estás haciendo —repitió esta vez más bajo.
Torres se acercó, le tomó el rostro con una mano sucia y áspera, forzándola a mirarlo.
—Lo único que sé es que vas a pasar la noche en la celda de mujeres, sin uniforme, sin nombre y sin esa cara de “yo valgo más que ustedes”, porque aquí afuera tú no eres nadie.
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