Ramírez empezó a leer algo en voz alta de uno de los documentos que había encontrado, una carta de la Secretaría de la Defensa Nacional dirigida a Martínez Calderón.
—Mira, Torres, esto dice “General de Brigada Regina Martínez Calderón”. Ajá. ¿Tú te crees esta…?
—Sí, me la creo —dijo ella al fin, levantando apenas el mentón—. Y si tienes medio cerebro, me devolverás ese teléfono. Ya.
Ramírez la abofeteó sin pensarlo. Un golpe seco, rápido, que la dejó tambaleando, aunque seguía esposada.
—Una más, negra —dijo con un susurro pegado a su oído—. Una más y te juro que te olvidas de quién eras.
El golpe no la tiró, pero sí la tambaleó. El sabor a sangre le llenó la boca. Regina Martínez Calderón no dijo nada, no lloró, no suplicó, pero por dentro algo empezaba a quebrarse y no era miedo, era un tipo de rabia silenciosa, afilada, quirúrgica.
—Ahora sí entiendes cómo funcionan las cosas, general —escupió Ramírez agachándose a su altura—. Aquí no estás en la maldita SEDENA, estás en mi autopista. Mi turno. Mis reglas.
Ella giró la cabeza mirando el celular todavía en su mano.
—Ese teléfono es línea directa. Si hacen algo más, esta tontería va a arruinar…
—¡A la chingada tu teléfono! —gritó Torres y lo estrelló contra el pavimento.
—¿Sabes qué creo? —dijo Ramírez cruzando los brazos mientras la miraba con desdén—, que tú ni siquiera eres del ejército. Apostaría que ese uniforme lo compraste por internet, de esos disfraces que usan los idiotas en Día de Muertos.
—¿Qué viene después? ¿Decirnos que eres astronauta o presidenta? —añadió Torres con una risita mientras la rodeaba—. Aunque con ese culo quizás podrías aspirar a stripper de base militar. ¿Qué opinas, Ramírez?
Ramírez se acercó por detrás y de un empujón la obligó a arrodillarse en el suelo, las manos aún esposadas.
—No te me pongas altiva, esclava. Mírate arrodillada, ensangrentada en la calle como lo que eres. Nada.
Regina respiró hondo. No lloró. No gritó. Su rostro estaba endurecido, pero sus ojos… sus ojos hablaban otro idioma. Uno que ni Ramírez ni Torres entendían. No era súplica, era sentencia. Regina, aún arrodillada, aún sangrando, miró a Torres directamente a los ojos y dijo con voz pausada:
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