Regina alzó las manos esposadas. La joven acercó el celular hasta su rostro, desbloqueado, con la pantalla temblando entre sus dedos. Regina marcó de memoria. Rápido. No titubeó.
Click.
—Comunicaciones de la Defensa Nacional. Identifíquese. —La voz al otro lado era robótica, eficiente, segura.
Regina tragó saliva. Habló directo al altavoz.
—General de Brigada Regina Martínez Calderón, código 4481, Lima. Detenida ilegalmente por oficiales estatales. Dirección aproximada: autopista México–Querétaro, kilómetro 140, frente a una estación de servicio Pemex. Están destruyendo propiedad federal y comprometiendo la seguridad operativa.
Un susurro de asombro recorrió a la multitud. Ramírez se quedó paralizado. Torres se puso pálido.
—Repito: oficiales armados, comportamiento hostil. Posible perfilamiento racial. Unidad de respuesta inmediata, prioridad alfa. Transmito bajo coacción. Repito: prioridad alfa.
—Confirmar coordenadas, general —respondió la voz, ahora más alerta.
Regina apenas alcanzó a decir:
—GPS activo en dispositivo dañado, triangulación visual necesaria. Repito: hostilidad confirmada.
—¡Se acabó! —gritó Torres, empujando el celular lejos.
El aparato voló, cayó al pavimento, pero ya era tarde. La llamada había salido y no sería ignorada. La gente alrededor rompió en gritos. Algunos aplaudían, otros grababan. Ramírez retrocedía maldiciendo entre dientes. Torres miraba a todos lados como un animal acorralado. Y Regina… Regina solo levantó la cabeza, el labio partido, la mirada firme. El reloj empezaba a correr.
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