—Última oportunidad. Devuélveme el teléfono. Todavía pueden detener esto.
Torres le escupió la cara. Ramírez se burló otra vez, pero su risa ya no tenía el mismo aire de control. Algo se les escapaba entre los dedos y no sabían todavía cuánto. Regina, aún sin moverse, tragó saliva. Sintió el ardor del golpe en su rostro. Regina alzó la vista clavando los ojos en Torres, luego en Ramírez.
—¿Qué pasa? —dijo con una calma que no encajaba con su estado—. ¿Tienen miedo de que una sola llamada los deje sin placa?
Ramírez resopló, pero evitó su mirada. Torres retrocedió medio paso sin querer, como si hubiera sentido algo detrás de sus palabras, algo más grande que él. Ella se puso de pie con dificultad, las esposas tintineando tras su espalda.
—Denme un solo minuto, solo eso, un maldito minuto. Si creen que no soy nadie, si están tan seguros de que tengo este uniforme por caridad o por un programa de inclusión —dio un paso al frente, la mirada fija como un misil—. Entonces, ¿qué les cuesta dejarme hacer una llamada?
—¿Estás amenazándonos? —bufó Torres, pero su voz no sonaba tan segura como antes.
—Estoy ofreciéndoles una oportunidad de bajarse del tren antes de que descarrile —replicó ella, sin levantar la voz—. Porque si marco ese número, se acaba. No solo para ustedes, para su comandante, para la corporación, para este estado.
Ramírez intentó reírse, pero le tembló el labio.
—Tú no llamas a nadie. Ya rompimos tu juguetito —dijo pateando los restos del teléfono. Pero incluso al hacerlo, su voz cargaba una grieta.
Regina sonrió. Apenas un gesto. Una joven de unos 25 años, de pelo rizado y gafas gruesas, cruzó la calle corriendo con un celular en la mano. Lo sostenía con fuerza, como si llevara un arma cargada.
—¡Use el mío! —gritó sin miedo—. Tome, llame a quien tenga que llamar.
—Oiga, aléjese —gritó Ramírez avanzando hacia ella.
—Y ella es una general, imbécil. Yo también serví y sé lo que es ese uniforme —escupió la joven sin soltar el teléfono.
Ramírez intentó detenerla, pero otro testigo, un hombre corpulento con una gorra de veterano, se metió en medio y lo empujó hacia atrás.
—Tócala y te juro que los que van a necesitar refuerzos serán ustedes —le dijo al sargento con los dientes apretados.
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