Después de una reunión particularmente positiva con sus profesores, volví a casa entusiasmado, hablando de clases avanzadas y de la preparación temprana para la universidad. Vivian lo asimiló todo en silencio, mientras que Mike dudaba de una manera que no comprendí de inmediato. Mencionó la carga de trabajo, sugirió un equilibrio. No le di importancia. El esfuerzo era fundamental. Ese era su futuro.
Noche tras noche, Vivian estudiaba en la mesa del comedor, con sus materiales dispuestos con meticulosa precisión. La ayudé a planificar sus horarios y a repasar las tareas. Mike solía interrumpir, ofreciéndole algo de comer o sugiriéndole descansos. Supuse que solo era considerado.
Entonces empezaron las escapadas para comprar helado.
Al principio, parecían inofensivas e incluso dulces. Una recompensa por largas horas de estudio. Una oportunidad para relajarse. Regresaban riendo suavemente, compartiendo una cercanía natural que me decía a mí misma que era sana.
Pero el verano terminó. Pasó el otoño. Llegó el invierno. La nieve cubría las calles y el frío se nos calaba hasta los huesos. Aun así, las salidas nocturnas continuaban.
Fue entonces cuando empecé a prestar más atención.
Se ausentaban más tiempo del esperado. A veces, casi una hora. Cuando regresaban, Vivian parecía más callada. Tenía las mejillas sonrojadas, pero no solo por el frío. Cuando les preguntaba casualmente adónde habían ido, las respuestas no siempre coincidían.
Me dije a mí misma que no sacara conclusiones precipitadas. Sus notas seguían siendo excelentes. No había señales evidentes de problemas. Sin embargo, la inquietud persistía.
Mike siempre llevaba la cámara del salpicadero encendida cuando conducía. Decía que era por el seguro, y nunca lo había cuestionado. Una noche, después de que todos se hubieran acostado, salí y saqué la tarjeta de memoria de su coche.
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