PARTE 1
“Si tu marido te regala un collar, mételo en agua antes de usarlo.”
La mujer me lo dijo en un minibús lleno de gente, como si me conociera de toda la vida. Casi me río, pero algo en su mirada me detuvo en seco.
Me llamo Daniela Vargas. Tengo treinta y cinco años y trabajo como auxiliar de contabilidad en una constructora al norte de la Ciudad de México.
Mi vida era rutinaria. Tranquila. Agotadora.
Noches largas en la oficina, viajes en autobús abarrotados de gente y un pequeño apartamento alquilado en un barrio donde todos sabían más de lo que debían.
Desde fuera, mi matrimonio con Mauricio parecía normal.
Llevábamos ocho años juntos. Sin hijos. Compartíamos gastos. Compartíamos espacio.
Pero poco a poco, dejamos de compartir nada más.
Primero fueron las noches en vela.
Luego las llamadas telefónicas que contestaba en el pasillo.
Luego su teléfono siempre boca abajo.
Las largas duchas en cuanto llegaba a casa.
Nada de eso era prueba suficiente.
Así que guardé silencio.
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