Sonrió levemente.
—No te salvé —dijo—. Solo te lo recordé.
—¿Me recordaste qué?
—Que no todos los regalos vienen del amor.
—A veces vienen del hambre de otra persona.
Antes de irse, añadió una última cosa:
—Nunca dejes que nadie te ponga algo que no hayas elegido.
Hoy sigo en la Ciudad de México.
Sigo trabajando.
Sigo viajando en autobuses llenos.
Pero ya no soy la mujer que se conformaba con menos solo para evitar la soledad.
Lo cambié todo.
Y aprendí una verdad que ojalá más mujeres supieran antes:
El peligro no siempre llega con estrépito.
A veces viene envuelto en algo hermoso…
sonriendo…
y llamándose a sí mismo amor.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
