Meses después, tras perfeccionar mis habilidades, abrí mi propia pequeña sastrería.
En la pared colgaba una foto enmarcada de la graduación de Melissa, y dentro de una vitrina, el vestido que lo había iniciado todo.
Un día, Melissa se sentó en el mostrador y lo señaló.
“Sigue siendo mi vestido favorito”, dijo.
Sonreí.
A veces, los pequeños gestos de amor provocan los mayores cambios en nuestras vidas.
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