Por supuesto.
Esa tarde, Daniel finalmente llegó.
Entró en mi habitación con flores y con la expresión de un hombre que creía poder arreglarlo todo con encanto y excusas. Llevaba la corbata torcida, los ojos cansados y lápiz labial cerca del cuello. Rosa pálido. Del tipo que usaba Rachel.
Sonrió al ver a Lily. “Hola”, dijo en voz baja. “Siento llegar tarde.”
Lo miré fijamente.
Dejó las flores sobre la mesa. “Se me acabó la batería del móvil, la reunión se alargó y entonces…”
“Vanessa te vio con Rachel.”
Sus palabras me golpearon como una bofetada.
Daniel se quedó completamente inmóvil.
Lo observé mientras decidía si mentir.
“No es lo que piensas”, dijo.
Casi sonreí. Era una frase tan predecible.
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