Al mirar a padre e hija abrazarse, Elise comprendió que el éxito no estaba en la torre, ni en los balances financieros, ni en el poder.
Estaba en las promesas cumplidas.
En los desayunos al amanecer.
En un padre dispuesto a soportarlo todo para proteger la dignidad ante los ojos de su hija.
Elise había pensado que el poder era la capacidad de quitar.
Pero Noah le enseñó que la verdadera grandeza está en dar.
Y esa lección, por más millones que poseyera, era algo que el dinero jamás podría comprar.
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