Su sola presencia cambiaba el ambiente.
Me miró brevemente. Eso bastó.
Luego miró la mesa. A Mark. A Eleanor. Finalmente, a mi hija.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó con calma.
Mark se puso rígido.
—Claro. Una cena familiar normal —respondió demasiado rápido.
Víctor no discutió.
Observó.
El apartamento frío.
El suéter fino.
Las manos temblorosas.
LA PREGUNTA QUE LO CAMBIÓ TODO
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