Miré a mi hija.
Durante semanas, se había visto más pequeña.
Esa noche, volvió a ser ella misma.
No rescatada.
No arrastrada.
Sino eligiendo.
Mientras salíamos juntas de aquel apartamento, me di cuenta de algo:
La llamada que hice no tenía que ver con el poder.
No tenía que ver con la intimidación.
Tenía que recordarle a mi hija que no estaba sola.
Y a veces, lo más poderoso que puedes traer a una habitación…
Es un testigo.
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