La Fea
Mis padres me han llamado "la fea" toda la vida. Cuando mi hermana se comprometió con un millonario, se gastaron 85.000 dólares en la boda de sus sueños y me dijeron que mi pequeña ceremonia en el patio trasero "no merecía la pena". Me senté en la última fila, invisible como siempre, hasta que el padrino tomó el micrófono, la pantalla gigante detrás de la novia parpadeó y su sucio secreto iluminó el salón. Diez minutos después, MI MADRE VINO A POR MÍ.
La Zona de Guerra
Me llamo Alexandria, y al terminar la noche, el salón parecía una zona de guerra.
Copas de cristal yacían rotas en charcos brillantes sobre el suelo de mármol, manchadas con champán derramado. Rosas blancas estaban aplastadas bajo las huellas de los tacones, con los pétalos magullados y marrones en los bordes. Uno de los imponentes candelabros dorados se había volcado; sus velas aún humeaban mientras la cera se deslizaba por el metal como lágrimas derretidas. Las voces se alzaban y se rompían como olas: gritos furiosos, sollozos histéricos, el murmullo de gente cotilleando tras manos cuidadas.
Se suponía que esta sería la noche con la que mis padres habían soñado durante años. La noche en que mi hermana Isabella se convirtió en la joya de la corona de la vida social de nuestra familia. Una boda de seis cifras en uno de los hoteles más prestigiosos de la ciudad, con trescientos invitados y más ego que oxígeno.
En cambio, fue la noche en que todo se prendió fuego.
Desde mi sitio, cerca de la columna más alejada —donde la iluminación era tenue y los camareros usaban la puerta lateral—, observaba el caos como si estuviera viendo una película. La gente corría de un lado a otro con vestidos y esmóquines caros, pero nada de ese brillo podía ocultar el pánico en sus rostros.
En el centro de todo, cerca de la mesa principal, donde el pastel blanco inmaculado se inclinaba precariamente hacia un lado, Isabella le gritaba a su casi marido, con el rímel corrido en oscuras mechas por las mejillas. Y Ethan, su novio, el hombre que le había prometido un "para siempre" tan solo unas horas antes, la miraba como si no reconociera a la mujer que llevaba su anillo.
Mi madre, Elise, se quedó paralizada a pocos metros de distancia, agarrando su bolso con tanta fuerza que se le habían puesto los nudillos blancos. Mi padre, Victor, rondaba detrás de ella, como siempre, un poco desenfocado y completamente desanimado.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
