Tres meses después, me propuso matrimonio. Sin flash mob. Sin montajes elaborados. Solo los dos en una ruta de senderismo, sentados en un tronco caído, viendo la puesta de sol.
“No tengo mucho”, dijo. “Pero tengo suficiente. Y quiero compartirlo contigo.”
El anillo era sencillo: un pequeño zafiro rodeado de diminutos diamantes. Había pertenecido a su abuela.
Dije que sí antes de que terminara de preguntar.
Cuando se lo conté a mis padres, la cara de mi madre volvió a poner esa expresión.
“Qué bonito”, dijo. “¿Cuándo piensas? ¿Primavera? ¿Verano?”
“Pensábamos en otoño. Algo pequeño. Quizás en tu jardín, si te parece bien.”
Parpadeó. “El patio trasero.”
“Solo familiares y amigos cercanos. Quizás cincuenta personas. Lucas y yo nos encargaremos de la mayor parte.”
Mi padre levantó la vista del periódico. “¿Lo pagas tú?”
“Queremos. No necesitamos nada extravagante.”
Mi madre dejó la taza de té con un suave chasquido. “Bueno. Eso es muy… práctico de tu parte.”
La palabra “práctico” en el vocabulario de mi madre significaba “decepcionante.”
Dos semanas después, Isabella llegó a casa con sus propias noticias.
Estaba comprometida con Ethan Crawford, heredero de un imperio inmobiliario, dueño de un ático en el centro, conductor de un coche que costaba más que mi salario anual.
Mi madre lloró de alegría.
Mi padre abrió champán.
Y así, sin más, mi pequeña boda en el patio trasero se volvió invisible.
La producción de $85,000
La boda de Isabella consumió los siguientes seis meses.
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