Luego, silencio.
Y risas.
La risa de mi marido.
No recuerdo haberme apoyado en la pared, pero de repente estaba allí, intentando mantenerme entera como si me hubieran arrebatado algo invisible.
Aire.
Tiempo.
Realidad.
—Ni siquiera se dará cuenta…
Ella.
Yo.
Por un instante, quise abrir la puerta. Enfrentarlo. Exigirle respuestas.
Pero algo me detuvo.
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