Cuando Michael regresó esa tarde, traía café. Dos tazas, como si fuéramos una pareja normal lidiando juntos con una situación triste.
Ya ni siquiera fingía estar devastado. Esa mascarilla había sido para las enfermeras ayer.
Hoy, a solas conmigo, no se molestó.
"Hola", dijo con naturalidad, entregándome una de las tazas. "¿Cómo te sientes?"
¿Cómo me sentía? ¿Cómo me sentía?
Había perdido a nuestro bebé hacía doce horas. Me había robado todos los ahorros de mi vida hacía seis horas.
Y me preguntaba cómo me sentía como si estuviéramos hablando del tiempo.
"Gracias por la huella, por cierto", añadió, acomodándose en la silla junto a mi cama.
Su crueldad despreocupada me dejó sin aliento.
"¿Disculpa?"
"Las transferencias salieron perfectas. Dimos la entrada para una casa preciosa en Hidden Valley. Cinco habitaciones, piscina, todo lo necesario". Sonrió. "Mamá está encantada. Lleva años queriendo mudarse a ese barrio".
Lo miré fijamente. Aquel hombre con el que me había casado. Aquel hombre cuyo hijo acababa de perder. Aquel hombre que estaba sentado allí sonriendo por comprarle una mansión a su madre con mi dinero.
En lugar de llorar —aunque Dios sabe que aún me quedaban lágrimas—, me reí.
No era felicidad. Ni siquiera histeria. Era algo más oscuro. Más frío.
Incredulidad mezclada con furia, mezclada con algo que no podía identificar.
La sonrisa de Michael se desvaneció. "¿Qué es gracioso?"
"Tú", dije en voz baja. "Eres gracioso".
"Emma, ¿estás bien? Quizás deberíamos hablar con los médicos sobre tu estado mental..."
"¿De verdad creíste que mi huella era suficiente?"
Parpadeó. "¿Qué?"
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